Día Mundial de la Salud Mental + Nada se opone a la noche (Delphine de Vigan)
- Débora

- 10 oct 2022
- 3 Min. de lectura

"Un canto a la herida mortal que nos conforma y nos destruye, como un estigma invisible, y que la mayoría llama familia»
(Sandra Faginas, La Voz de Galicia)
Hoy, 10 de octubre, se celebra El Día Mundial de la Salud Mental (DMH) y como todo tiene que ver con todo, les traigo este libro y les cuento cosas.
Llegué Indirectamente a Nada se opone a la noche (Anagrama 2012). Buscaba info para mi nueva novela, no esperaba locos, los evito y a la vez soy propensa a agarrar este tipo de novelas, es mi karma, y como tal, llegó aunque no la buscara.
Estamos en época Halloween y mi papá cumplía años el 30 de octubre, también era bipolar, así que cuando la novela/crónica comienza con el suicidio de Lucile, la madre de Delphine de Vigan, ya está, estoy atrapada como en una película de terror. Lo sé, de nada sirve querer soltarse.
La autora encuentra a su madre muerta y allí comienza una investigación familiar que intenta dar algún tipo de sentido al hecho. Es una narración que abarca los claros y oscuros de una familia enorme, desde el comienzo de la vida de Lucile hasta su final.
Tiene una intensidad violenta que a veces deja sin respiración, por lo menos a mí, que siento en la piel cada palabra porque sé en carne propia que eso parecido a una ficción puede ser real, tan real que desgarra.
De Vigan, además, intercala en la narración biográfica de su madre la crónica de su proceso de escritura. Y debo decir que adoro estas intervenciones que por ejemplo dicen esto:
“Pasó una semana, y después otra, sin que pudiese añadir ni una línea al texto, ni siquiera una palabra, como si se hubiese fijado en un estatus temporal, como si tuviese que quedarse en un boceto, en una tentativa abortada. Me senté cada día frente a mi ordenador, abrí el documento titulado Nada, lo releí, suprimí una o dos frases, desplacé algunas comas, y después nada, precisamente, nada de nada. No funcionaba, no era eso, no tenía nada que ver con lo que quería, con lo que imaginaba, había perdido el impulso. Sin embargo, la obsesión permanecía, continuaba despertándome por las noches, como cada vez que empiezo un libro, de manera que en mi mente, durante varios meses, escribo continuamente, bajo la ducha, en el metro, en la calle. Ya había vivido eso, ese estado de sitio. Pero, por primera vez, en el momento de anotar o escribir algo con el teclado no había nada más que un inmenso cansancio o un desmesurado desaliento”.
Es un gran libro, dificil de digerir, como todo asunto devenido de un problema de salud mental.
Hace unos días @fabiounder me comentó un caso de una chica holandesa de 29 años, Aurelia Brouwers, que accedió a la eutanasia por problemas mentales.
Después de 12 años con diferentes diaganosticos dijo antes de morir:
"Sufro de forma insoportable y no tengo esperanza. Cada aliento que tomo es tortura".
El procedimiento fue realizado en la clínica del "fin de la vida", en La Haya. Los números son espeluznantes: la clínica supervisó 65 de las 83 muertes aprobadas en áreas psiquiátricas en Holanda el año pasado,
Por ejemplo en Países Bajos, cuenta un articulo de la BBC.com, de los 6.938 procedimientos de eutanasia que se llevaron a cabo en 2020, 60 pacientes se sometieron a la muerte asistida por trastornos mentales.
Todavía no sé que pensar de estos números, lo que sí sé es que mi papá murió en 2015 de un cáncer de pulmón que se negó a tratar y que le llegó al cerebro. Nunca lo supimos bien porque los médicos del hospital no creyeron necesario indagar, ni antes, ni después. Sufrió y sufrimos. La presencia de una persona loca les molestaba, no lo ayudaron durante su enfermedad, lo maltrararon e incluso lo bañaron en pleno invierno con agua fría. Ya muerto, le robaron todas sus pertenencias y no nos avisaron de su muerte hasta que llegamos en el horiario de visita, había muerto la madrugada del día anterior. Lo conservaron en una sala sin refrigeración, mi madre tuvo que reconocerlo en ese estado.
Me quedé con su pequeña radio portátil, un pájarito y el recuerdo de sus charlas imaginarias con Ben Cartwright de Bonanza. El sistema de salud me dejó: un miedo enorme, un desmesurado desaliento y un inmenso cansancio.
No hay nada más aterrador que la realidad.
Les recomiendo también el documental de NIna Simone y el libro El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes





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